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viernes, 4 de mayo de 2012

DESDE MI VENTANA


Desde mi ventana,
es cierto,
sólo veo un fragmento
del paso del tiempo.

Pero es preciso y puntual,
erguidos hacía las alturas,
los troncos cansados,
viejos y ajados
de los chopos del riachuelo.

En invierno, desnudos,
en primavera despuntan
las primeras hojas,
que en verano
pintan de verde
el paisaje que veo
desde mi ventana.

Hojas que al llegar
el otoño, tornan
amarillas y ocres,
desprendiéndose de aquel
que las sustenta,
cerrando el ciclo
de las estaciones.

Eso es lo que veo
desde mi ventana,
veo vida,
vida que alberga vida,
veo constancia,
supervivencia, esperanza,
veo Naturaleza.

Lo que oigo
desde mi ventana,
es el trino de las aves,
el susurrar de la brisa
entre las hojas...

¡Si estos amigos
un día no vienen!
¡Si este proceso
un día se detiene!
¿Cómo mediré yo,
el paso del tiempo
desde mi ventana?

Y que haría yo sin ellos, mudos testigos del pasar de mis días.
Sin verlos, sin sentir su presencia aunque no los mire ni los vea.
El viento se ceba en ellos y los maneja como títeres, ahora aquí tus ramas,
ahora allí tus hojas, tu tronco se balancea, se cierne sobre el abismo de mi mundo.
Tus hojas recién nacidas, gráciles, perfectas, espejuelos de mi risa, mecidas por la brisa.
Todavía no saben, no saben todavía cuan escueta es su vida, penden del hilo de las estaciones, pendientes como están de los vientos pendencieros del norte.
Y yo, cuando me asomo a mi ventana, sólo puedo sentirme plena, llena de su vitalidad, de seguridad, la que me da saber que se cumplen los ciclos de las estaciones.             

                   Abril asomada a la ventana.