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viernes, 17 de febrero de 2012

Y LOS SUEÑOS...


CAPÍTULO XIV.- DE VIOLETAS Y  AMAPOLAS



Velando tus hojas frescas,
iguales todo el año,
obsequio de la Naturaleza,
lánguidas por acaloradas,
endulzadas por el rocío,
tenidas por hermosas,
asombradas e indefensas.


Marea roja 
mecida por el viento,
doncellas de sílfido talle,
vestidas de sangre y fuego.
Efímera belleza.
 





…El Dr. Gómez se acercó a la mujer mientras la enfermera se disponía a llamar a los celadores para que la acompañasen a su habitación, El Dr. cambió de opinión e indicó a su ayudante que esperase un poco, se arrodilló junto a Nora y alargando su mano comenzó a acariciar la cabeza de la mujer mientras con una voz muy relajada y dulce le decía: -“Tranquila Nora, ya ha pasado todo, ya ha pasado todo…”- así estuvo durante unos minutos hasta que finalmente le animó a incorporarse, ofreciéndole una silla donde sentarse. Nora había vuelto a su mutismo y distanciamiento característico, el Dr. se sentó en su sillón, al otro lado de la mesa, le preguntó: - “Nora, ¿qué le sugiere esta habitación?”- pero la joven no contestaba. El hombre pensó que quizás ya había conseguido de su paciente más de lo que imaginaba y quizás por hoy ya tenía bastante cuando la mujer de nuevo habló.
“Esta noche he soñado con él. Estábamos juntos, paseando…me dijo que se iba a París, prefería ir sólo…tenía que pensar…en nosotros…Se despidió de mí y quedé sola en el campo. Miré alrededor mío, estaba desolada, de repente se me ocurre que el estar en París es sólo cuestión de escala. Si yo creciera hasta hacerme gigante y la Tierra encogiera… sin mucho esfuerzo estaría en la ciudad de los sueños… con él…¡París, París!, ¡Mon amour!...Sí, detrás de esas montañas se encuentra la capital francesa, al Norte, siempre hacía el Norte,…Entonces empiezo a crecer, más y más, soy tan alta como las montañas… ahora es la Tierra la que empequeñece, las montañas me llegan a la altura de las rodillas, ahora soy capaz de atravesar esa cordillera,…, la campiña,…, y ¡ya estoy en París!.
He recuperado mi tamaño natural, me encuentro en el interior de un apartamento céntrico, por sus amplios ventanales que dan a varias calles, observo la ciudad, está atardeciendo, los colores rosados predominan en el cielo, a lo lejos diviso la Torre Effiell, el Arco del Triunfo, el Panteón de los Hombres Ilustres, Notre Dame, la Bastilla,…pero lo que más me sorprende es un grandioso jardín en cuyo centro hay plantadas miles de flores, blancas y moradas, creo distinguir que son azucenas y violetas. No puedo apartar la vista de esas plantas, fijándome con más atención, aparece en el centro una composición, son dos cuerpos entrelazados, un hombre y una mujer, sin previo aviso se despliegan en diversos puntos del jardín unas zonas rojas, ¡son amapolas!, sin duda le confiere al conjunto un toque de pasión. Después de largo rato de contemplación y cuando definitivamente cae la noche sobre la ciudad, decido ir a dar un paseo y recorrer sus calles, los barrios donde tantos artistas han pasado noches enteras de tertulias y juergas, ¡ya me gustaría estar en la piel de alguno de ellos, aunque fuera sólo por una noche!, lo difícil sería escoger por quién me suplantaría, quizás Dylan Thomas, o … en fin, será mejor que baje a tierra. Una vez en la calle, todas sus callejuelas me seducen, la bohemia a esas horas empieza a asomar, las cafeterías se encuentran a rebosar, elijo una al azar, es vieja, toda ella de madera, las paredes repletas de fotografías antiguas, el olor a café, el mejor café del mundo… Tomo asiento en la mesa más apartada, no quiero que nadie repare en mi persona, me sumerjo en la silla y mientras saboreo el café observo los demás clientes, parejas en su mayoría, hablando, mirándose, riendo. Una de ellas se besa, un beso largo y profundo, no puedo dejar de mirarles. Poco a poco la cafetería se vacía, es la hora de cenar y debe pasar un rato hasta que vuelva a llenarse con los clientes de la madrugada. La pareja que se besaba también se ha ido, yo decido marcharme, no quiero estar sola en el local.

Fuera comienza a refrescar, no llevo ropa de abrigo así que decido regresar a mi apartamento. Hacía allí encamino mis pasos cuando al pasar por un callejón oscuro vislumbro entre sombras un contenedor de basura, no sé por qué pero me acerco a él, sobre la tapa hay un perro de peluche, lo tomo en mis manos, “Hoy no pasarás la noche solo, te vienes conmigo”. Continuo mi camino, no puedo dejar de acariciarlo, “Te llamaré Perriot”. Ando un poco despistada y me cuesta encontrar la calle donde está mi apartamento. Después de dar unas vueltas por el barrio recuerdo el nombre de la calle, así es más fácil, por fin me encuentro en el portal, cuando voy a meter la llave en la cerradura veo una sombra en el suelo. Me agacho, es una gata, también de peluche, ¡qué bien!, ¡si que voy a dormir acompañada!, ¡Te llamaré Berlioz!. Una vez arriba lo primero que hago es poner a llenar la bañera con agua bien caliente y sales de baño, ¡Os voy a poner guapos!, ¡Perriot, Berlioz, es la hora del baño!. Los froto amorosamente, incluso tarareo una canción infantil que a duras penas recuerdo. ¡Bien, ya estáis limpios!, ¡ahora un poco de ruido!, pongo en marcha el secador, primero le toca el turno a Berlioz, es una gatita sumisa y acepta su destino, después Perriot, parece que no le gusta y quiere escapar, le sujeto con firmeza. Cuando termino con ellos los deposito encima de la cama y preparo mi baño.

El agua caliente y las sales de baño obran en mi persona un efecto tan relajante que debo hacer verdaderos esfuerzos para no quedarme dormida en la bañera. Después de secarme salgo a la habitación enfundada en el albornoz y con una toalla recogiéndome el pelo en la cabeza. Me siento en un pequeño sillón enfrentada al espejo de la cómoda, durante largo rato miro mi reflejo como queriendo descifrar algo que desconozco pero que está dentro de mí, quizás no me conozco lo suficiente, es más, creo que esa persona no soy yo, es una extraña. Detrás de mí se ve la cama, amplía y con sábanas blancas de seda, tengo ganas de descansar, cuando voy a levantarme observo que hay unas figuras acostadas, entrelazadas en mi lecho. Me acerco todo lo que puedo al espejo, ¡es una alucinación, sin duda!, no tengo palabras, es la pareja que se besaba con tanta pasión en la cafetería, ¡qué desfachatez!, me habrán seguido y se han colado en la habitación mientras tomaba el baño, ¡se van a enterar, llamaré a la policía!. Cuando me giro resuelta a echarlos de allí, en la cama no hay nadie, se han evaporado, ni siquiera han dejado huellas de su presencia en las sábanas, ¡ha sido todo una ilusión!..., sin embargo estaban ahí. Berlioz acude a mí y se restrega entre mis piernas, mientras, Perriot, tumbado en el sofá emite un leve gruñido, al tiempo que mantiene la oreja derecha levantada, ¡todo va bien!, pienso. Me vuelvo hacía la cama y de nuevo veo las figuras de los dos jóvenes amantes, ahora yacen boca arriba, cogidas las manos y las cabezas ladeadas hacía el interior de la cama, rozándose. La luz blanquecina de la luna creciente se cuela por la ventana abierta haciendo que se difuminen sus contornos hasta desaparecer, ¡qué raro es todo esto!, recuerdo que pienso. De repente Perriot gruñe en un tono ciertamente amenazador, se le erizan los pelos del lomo, levanta la cabeza mientras mantiene erguidas alternativamente las dos orejas. La buena de Berlioz de nuevo se ha acercado a mis piernas, no se separa de mí mientras maúlla quedamente, como previniéndome de algo, ¿pero de qué?. Permanezco en alerta, demasiadas emociones para sólo unas horas de estancia en París. Algo se mueve en el fondo de la habitación, es una zona que permanece en penumbra, aún así se acerca una sombra que poco a poco va tomando forma humana, ¡no puedo creer lo que ven mis ojos!, ¡es él, Nicola!, Nico, como me gustaba llamarle, Tiene la mirada perdida, parece no reconocerme…pronuncio su nombre, “¿Nico?, ¿eres tú, verdad?, ¿qué haces aquí?, ¡te echo tanto de menos!”. Me aproximo a él, parece inseguro, alargo mi mano para asir la suya, pero no logro alcanzarla, mi mano la traspasa, se me escapa entre los dedos, y yo…no soy capaz de retenerlo. Todo a mi alrededor se disipa como un azucarillo en agua, vuelvo a la realidad de mi habitación, en este maldito centro, lloro y lloro sin consuelo posible hasta quedar de nuevo dormida… pero ahora no sueño.”


Extracto de la obra “Y los sueños…” de Josephine MacNamara (1887-1945)