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miércoles, 27 de junio de 2012

LA TIERRA PRIMIGENEA O LA GÉNESIS DEL SENTIMIENTO HUMANO


                         LA  TIERRA  PRIMIGENIA O LA GÉNESIS DEL SENTIMIENTO HUMANO
     Cuenta la leyenda que el hombre habita la Tierra desde que ésta existe, y que fue este ser el que de algún modo, la modeló y puso en marcha el mecanismo regulador que rige los fenómenos naturales que hoy conocemos. Con él convivían en relativa armonía plantas y animales de toda clase. En esos días, y digo bien, pues no existía la noche, tampoco se conocía el agua, ese líquido elemento transparente, inodoro e insípido esencial para la vida. Ocurría que los seres vivos tenían la piel adaptada para captar la humedad del ambiente, que en esos momentos era muy elevada dada la gran superficie que ocupaba la selva, con lo que se encontraban bien hidratados y no sufrían la sensación de tener sed.  En aquella joven Tierra en la que nunca se ponía el sol, se desarrolló el lenguaje como principal herramienta de comunicación entre los humanos, aunque también interaccionaban a través de gestos, contacto corporal y sonidos diversos utilizando todo tipo de instrumentos que les ofrecía el entorno. Aquel primer lenguaje humano, sin ser primitivo carecía de palabras que expresaran pensamientos o sentimientos intangibles, así pues no se conocían expresiones como AMOR, AMISTAD, VOLUNTAD, ESPERANZA, VALOR, MIEDO, ANGUSTIA, AVARICIA, CODICIA, DESEO, BELLEZA, VENGANZA, ... No me atrevo a decir que esas sensaciones o cualidades no existían en aquellas personas, sólo constato que no estaban registradas como palabras. Era una sociedad tranquila, la vida se desarrollaba bajo una rutina que se repetía día tras día, y digo bien, pues no se conocía la noche. Sin embargo, esos seres, todos los seres vivos incluidos las plantas, descansaban, y lo hacían sin horarios ni lugares preparados al efecto. Cuando sentían cansancio detenían su quehacer y se tendían en el espacio que mejor les parecía. Podían cerrar o no los ojos, era indiferente; cuando una persona se encontraba en esa posición no le molestaban, en eso eran sumamente respetuosos.
   En aquellos momentos, la tierra firme era una sola, como una gran isla-continente que se encontraba delimitada no por agua, como ocurre ahora, sino por unos temibles acantilados que se precipitaban al vacío más absoluto. Pocas eran las personas que  habitaban esa tierra primigenia y se distribuían en pequeños grupos o clanes. Existía cierto intercambio entre estos pero en general eran grupos cerrados. Las decisiones que afectaban al grupo se tomaban por consenso en la Asamblea, en la que sólo participaban los jóvenes y los mayores. Hay que explicar en este punto que al no darse procesos atmosféricos que delatasen el cambio estacional como hoy ocurre, ni tampoco la sucesión de días y noches, tenían una noción del paso del tiempo muy particular que se basaba en los cambios físicos que experimentaban los seres vivos. Así pues, diferenciaban en los humanos una primera fase que iba desde el nacimiento hasta que el pequeño alcanzaba la estatura suficiente para salir de expedición, esta altura solía coincidir con la distancia que hay desde el ombligo de su madre al suelo, les llamaban niños, sin diferenciar sexo. La segunda fase cubría el desarrollo físico más importante en los humanos, la juventud, y concluía al detener su crecimiento. La etapa madura abarcaba la fase más extensa en la vida humana que concluía, a su vez, cuando todo el pelo tornaba blanco o bien  la cabeza  quedaba sin este elemento decorativo. Por último, la etapa en la que los humanos ya permanecían en el poblado, sin obligación de realizar tareas específicas aunque se apreciaba mucho su presencia y sus consejos. Se les llamaba viejos.
   Sin embargo sí que se daba un fenómeno, el único, que permitía a los seres vivos tener cierta noción del paso del tiempo y es que el sol, instalado en una posición privilegiada en el firmamento que le permitía vigilar todo lo que sucedía en aquella Tierra primigenia, tenía un leve movimiento descendente que se repetía periódicamente y hacía que la bruma que se formaba sobre la selva, dada la elevada transpiración de los árboles, adquiriera unas tonalidades rojizas, doradas y púrpuras. Este fenómeno duraba unos instantes, el tiempo que se tomaba el astro en dormitar, para luego volver poco a poco a su posición normal, difuminando en la bóveda celeste ese espectáculo tan singular. Los humanos lo llamaban el “resplandor” y lo utilizaban para relacionar sucesos más o menos cercanos en el tiempo, así decían “hace pocos resplandores tuve una criatura” o “hace bastantes resplandores sembré las  semillas de cúrcuma”. Era breve pero tan hermoso que los habitantes de esa Tierra, cualquiera que fuese su condición, detenían la actividad que en ese momento estuvieran realizando para contemplar el fenómeno visiblemente conmovidos, como hipnotizados. Era en ese rato y no en otro, cuando parecía que aquellas gentes quisieran articular alguna palabra que hiciera alusión a pensamientos más elevados o conceptualmente inmateriales. ¿Eran felices esos seres? No lo sé, no conocían esa palabra. Sólo puedo decir que se sentían bien, gozaban de cierta paz interior, lo cual, eso creo, se aproxima bastante a la felicidad.
   Perdonar que sea tan desordenado en la narración, pero de esto hace tanto tiempo..., ahora ya soy muy viejo y los recuerdos acuden a mi mente sin ningún orden.
   Los niños disfrutaban doblemente del momento del “resplandor” ya que por la posición del sol, en la vertical de la Tierra, los cuerpos y objetos no producían sombras. Pero cuando el astro abandonaba su puesto de vigía, al incidir sus rayos ligeramente oblicuos sobre las cosas, éstas proyectaban sombras y los pequeños de los clanes solos o acompañados jugaban a perseguirlas y capturarlas o también a inventar divertidas e inquietantes formas. Este era, a su vez, el rato que los niños gozaban de mayor libertad, pues el resto del tiempo permanecían con la madre. Esta les proporcionaba los cuidados que precisaban, apenas tenían relación con el resto del clan, sobre todo con el grupo que salía de expedición. Conforme iban creciendo los pequeños ampliaban el radio de acción de sus juegos, pero nunca debían alejarse más allá del control de la mirada de su madre.
   No se sabía quién era el padre de cada criatura, posiblemente tampoco lo supiesen las madres, aunque algún rasgo físico o incluso de carácter podía delatar la paternidad. Se consideraban hijos del clan y todos los niños del grupo tenían la misma consideración. Las madres que tenían hijos pequeños no salían de expedición, permanecían en el poblado realizando tareas de mantenimiento de la vivienda y cocinaban para sus hijos o incluso para algún viejo que ya no pudiera preparar su alimento. Estas labores las llevaban a cabo de una manera distendida, pues la principal ocupación era el cuidado de su hijo. Los viejos, aquellos que tenían el cabello completamente blanco o carecían de él, cualquiera que fuese su género, una vez que abandonaban las salidas expeditivas, se dedicaban a mantener y organizar el poblado hasta que ellos mismos decidían que ya se encontraban muy mayores para cualquier esfuerzo. Desde ese momento hasta su muerte se les veía paseando, contemplando los “resplandores”, descansando,..., su comida era muy frugal,  a base de frutas y néctar. Algunos poseían inquietudes artísticas y realizaban dibujos utilizando tintes naturales en piedras lisas o cortezas de árboles; también teñían tejidos vegetales y se hacían adornos tallando la madera o esculpiendo las piedras. Imitaban motivos de la Naturaleza, para ellos, Madre de Todas las Cosas. Y sí, es cierto, manifestaban ciertas inquietudes acerca de su origen y del por qué de su existencia, pero eran preocupaciones propias de las personas muy viejas y los demás miembros del clan no le daban mayor importancia. Y no, no tenían miedo a la muerte. De hecho no tenían palabra para definir ese estado, cuando un ser vivo dejaba de respirar decían que se había ido, con eso se puede considerar que admitían implícitamente que creían en algo después de la vida, hacía algún lugar indefinido partía el que se iba..., pero ¿a dónde? y ¿qué es lo que se iba?. El cuerpo  se trasladaba a la selva, a un claro, donde se depositaba en el suelo y se le cubría de pétalos de flor para perfumarlo. Allí lo dejaban con el propósito de que volviera a la Tierra y participara en el ciclo de la Vida. Ya he dicho que los pequeños permanecían en el poblado hasta que alcanzaban la altura del ombligo materno, estatura que les permitía salir de expedición con el resto del grupo. Yo me acababa de incorporar a esta tarea, ya era lo suficientemente alto, pertenecía al “clan de los lianas”, el poblado que explotaba los recursos en la cúspide de la selva, a la que se accedía a través de las lianas que desde la parte más alta de los árboles se descolgaban hasta prácticamente tocar el suelo. Todo lo que necesitaba el poblado se lo proporcionaba la selva, concretamente a nuestro clan el estrato superior de ésta, tanto alimento, como material de construcción, vestimenta, ... Desde que nací no había conocido apenas más que unos pocos metros más allá de los límites del poblado, pero después de incorporarme al grupo expedicionario la cosa cambió. Al principio no tenía muchas responsabilidades, la mayor preocupación mía era la de aprender rápidamente a trepar por las lianas para no quedar atrás,  y una vez arriba, en la bóveda de la selva, no precipitarme al vacío, tomar seguridad y moverme con soltura. Lo de menos en esos momentos era si llevaba al poblado más o menos recursos. Recuerdo que en esos primeros momentos, cuando llegaba a lo más alto, lo que me gustaba era asomarme al mundo por entre las hojas de los grandes árboles. Sacaba la cabeza y el panorama que se veía era, ahora ya tengo palabras para definirlo, fantástico y de una belleza arrebatadora, pero además sentía que algo nuevo en mi interior se estaba formando, pero entonces no sabía lo que era. Fuera de la selva, de extensión que no acertaba abarcar la vista y que en cualquier caso ocupaba la parte central de la isla-continente, quedaba una estrecha franja de pradera donde se asentaban los clanes. Por detrás de ésta, el abismo. La otra gran ventaja de participar en las expediciones es que también se nos consideraba miembros de la Asamblea, consideración que terminaba cuando se detenía el crecimiento y pasábamos a ser “maduros”. En esta fase la Asamblea permitía abandonar el clan para ir a vivir a otro o bien fundar uno nuevo si se encontraba un nicho en la selva para explotar y poder mantenerse. No existía ningún vínculo hombre-mujer que permaneciera más tiempo que el estrictamente necesario para realizar el acto sexual. Esta unión obedecía a un instinto profundo y salvaje de mera supervivencia que no dejaba huella en el corazón ni en la memoria de aquellos hombres y mujeres. Fuera de esto, la relación era igualitaria, ambos gozaban del mismo reconocimiento y tenían las mismas responsabilidades frente al clan y su Asamblea.
   En ese mundo primigenio no se soñaba, sus habitantes cuando descansaban mantenían la mente en blanco, en un proceso muy próximo a la meditación. En ese mundo es donde la conocí, se llamaba Tesla, pertenecía, como yo, al “clan de los lianas”, todavía estaba desarrollándose y por eso le permitían participar en la Asamblea. Era diferente, pero en ese momento tampoco sabía por qué. Llamaba la atención de sus semejantes, causaba respeto allí dónde se encontraba, quizás fuera la penetrante mirada de sus ojos color miel, quizás su energía, quizás su prematura madurez, realizaba comentarios propios de viejos. Le gustaba conversar con ellos pero al poco rato ya se les oía exclamar: - “¡Tesla, no digas esas cosas!”. Pero donde realmente se sentía a gusto la muchacha era en la bóveda vegetal, en lo más alto de la selva. Si Tesla hubiera nacido en otro clan seguro que por su cuenta habría trepado a las alturas, era una fuerza que la empujaba a ascender.
   Pasado el tiempo dedicado al trabajo, no era nada excepcional que llegase al poblado con las manos vacías, siempre tenía una excusa, mejor dicho siempre decía lo mismo: - “¡Es tan bonito!”- Los demás miembros del clan no la entendían, eran incapaces de apreciar la miríada de matices   que ofrecía el manto verde de la selva. Como esta situación se repetía constantemente, los miembros de la Asamblea decidieron preguntar directamente a la joven el por qué de su actitud. En general estas asambleas eran bastante informales nunca había temas graves que tratar, se hablaba de las tareas cotidianas y se buscaban formas de agilizar el trabajo y hacerlo menos pesado.
   Tesla no sabía que en esa ocasión el tema principal de la reunión era ella misma. Así que cuando volvió de su tarea, sin nada entre las manos como de costumbre y entró en la cabaña del miembro más mayor de la Asamblea no entendió por qué se hizo el silencio entre los presentes. Le indicaron que ocupara el centro del círculo que éstos formaban, tenían por norma que las primeras palabras las expusiera el miembro más joven, que en esta ocasión era Findur, emparentado de lejos por vía materna con la joven. Éste comentó brevemente los motivos por los que se había convocado la reunión e invitó a Tesla a defenderse.  La joven, que había permanecido sentada en el suelo con las piernas cruzadas mientras hablaba Findur, se levantó y mirando alternativamente a los ojos de los presentes explicó que desde que recordaba se veía a sí misma en la selva, deseaba que llegase el momento de ir de expedición con los recolectores y la primera vez que penetró en ella, pisó su suelo y miró hacía arriba,  fue la persona más feliz de ese mundo. En lo más alto, reconocía, que tenía que esforzarse en volver otra vez al suelo y regresar al clan, pasaba el rato contemplando el horizonte. Allí, decía, su mente se expandía y se sentía parte de ese mundo, insignificante a la vez que importante, no sabía cómo explicarlo mejor. Las palabras de Tesla impactaban en la mente primitiva de aquellos seres, no entendían bien su significado, pero comprendían que la muchacha se refería a algo superior a ellos, a algo que iba más allá de lo que sus palabras expresaban. Su mirada traspasaba sus cuerpos mortales, las paredes de la cabaña y se fundían con la atmósfera exterior poniendo en marcha un mecanismo hasta entonces detenido. La joven seguía hablando, utilizando palabras extrañas que daban vueltas en las cabezas de los presentes, hasta que dijo: - “Pienso que ...”-, en ese preciso instante se escuchó un crujido descomunal que hizo estremecer a los asistentes a la Asamblea: - “Tesla, ¡Para de hablar!”- dijo uno de ellos, - “¡Mira lo que has conseguido!”- expresó otra voz, - “¡Nuestro mundo se derrumba!”- se quejó un tercero.
   Salieron al exterior precipitadamente, todos los habitantes del clan se habían reunido alrededor de la cabaña buscando explicación a lo que también habían escuchado y sentido, un profundo estremecimiento del suelo que pisaban. Por lo pronto todo parecía normal, el ambiente era el mismo que momentos antes del gran crujido. Poco a poco las personas fueron calmando su temor y se reincorporaron a sus quehaceres. La Asamblea se dio por finalizada no sin antes encomendar a Tesla  la tarea de recolectar en cada expedición el peso en frutos, néctar, flores o material de construcción que pudiera cargar. Lo había dictado la Asamblea y había que acatarlo. Durante varias jornadas la joven se mostró muy respetuosa con lo impuesto, pero no tardó mucho en vencer su voluntad el deseo  de volver a ver el mar verde, la bóveda de la selva, sentir de nuevo el vértigo de la caída casi libre desde el punto más alto. Tesla volvió a las andadas, pero esta vez se guardo muy mucho de volver al poblado con las manos vacías. Se las arreglaba para cargar cuanto podía, recolectaba con rapidez y lo guardaba en el hueco de algún árbol, así podía estar más tiempo contemplando, allá en las alturas, el horizonte. De esta manera Tesla comenzó a soñar, primero con los ojos cerrados, luego incluso cuando los abría, hasta tal punto que la joven se olvidó de su gente. De nuevo surgió la alarma en el clan, hacía varios “resplandores” que no se veía a Tesla, bueno, los demás, porque yo sabía dónde se encontraba. Sin que ella lo supiera la seguía, normalmente siempre iba al mismo sitio. Permanecía contemplándola no sé cuanto tiempo y luego regresaba a mi trabajo. Pero volvió, durante un “resplandor”, cuando la gente lo contemplaba ensimismados, Tesla se presentó en el poblado y plantándose en el centro del mismo gritó: - “¡Dejar de mirarlo!. El sol tiene presos vuestros sentimientos, no sois capaces de sentir, amar, disfrutar de este maravilloso mundo. Es él, es él,....,¡LO HE SOÑADO!”-. Esta palabras marcaron un antes y un después en la historia de la Tierra, se desencadenó el cataclismo. El suelo se agrietó, y los bordes se fueron separando  hasta hacer imposible pasar de un lado a otro de la grieta. Éstas se multiplicaron y extendieron por toda la superficie de mi mundo dejando una Tierra fragmentada como hoy la conocemos. Del fondo de estos abismos improvisados surgió una neblina oscura que poco a poco fue oscureciendo el día hasta hacerlo noche. Fue cuando el sol mandó su ejercito sobre nosotros, soldados de fuego y luz surcaron el cielo lanzando sus armas sobre la gente que corría despavorida a protegerse. Escuadrones grises de guerra se aproximaron por el horizonte, dejando caer a su paso una tromba de un elemento líquido y salado que cuando alcanzó el suelo se convirtió en una marea que nos arrastraba hacía el abismo que limitaba nuestro mundo. Las personas, aterradas, sintieron miedo y lloraron, era la primera vez en la historia que este fenómeno sucedía, tal era la abundancia de este líquido dulce que se formaron  riachuelos en las grietas producidas. Ante tal caos perdí de vista a Tesla, no sé cuanto tiempo pasó hasta que volví a distinguirla, subida en un promontorio desafiaba ostensiblemente al sol. Dirigiéndose a él le exigía que detuviera aquel desastre que iba a destruir la Madre Tierra. Las últimas palabras que le oí pronunciar fueron: - “¡Si eres a mí a quién buscas ... Ven... Te espero!”- y seguidamente descendió de aquella loma y se dirigió corriendo hacía la selva. Sin pensarlo la seguí, me adentré en ella y a duras penas pude seguir el rastro de Tesla. Todo pasó muy rápido, la joven fue hasta un claro de la selva donde había construido una gran trampa con las resistentes lianas, allí se detuvo, cuando llegué me miró sorprendida y sólo dijo: -“¡ Espera aquí!”-. Tesla subió veloz por uno de los árboles y situada en lo más alto de la bóveda de la selva de nuevo gritó al sol: -“¡Ven a por mi!”-. El reto lanzado surtió efecto y el sol dirigiendo la mirada hacía su general, apuntó con el brazo hacia la joven. Tesla se tiró al suelo en caída libre, parando el golpe las plantas de estratos inferiores, cuando llegó junto a mí nos dio el tiempo justo de escondernos tras un árbol y la explosión se produjo. Un rayo impactó a escasos metros, justo en la trampa preparada por la joven. Cuando nos recuperamos del impacto corrimos hacia  ésta, el rayo se esforzaba inútilmente en desenredarse de las lianas. Tesla fue implacable, un sonido gutural emitido desde su garganta hizo que las lianas dejaran libre al rayo por todas partes menos por una, por la que iba a ser de nuevo lanzado hacía su señor, el sol. Una señal de la muchacha bastó para que las lianas entraran en tensión y finalmente y dirigido por Tesla el rayo salió disparado hacía el astro, impactando en él y desgajando de su ser un trozo que volando se situó en órbita alrededor de la Tierra, tiempo más tarde aquel satélite se  llamó Luna. En ese instante la ofensiva del sol se detuvo, permanecimos un rato junto a la trampa sin saber qué hacer, pero al poco Tesla me dijo que tenía que irse, su sitio no estaba allí, que nunca me olvidaría ... y desapareció tragada por la vegetación salvaje. Desde entonces a llovido mucho, la Madre Tierra se recuperó del aquel cataclismo pero era un mundo diferente, la Tierra fragmentada, los clanes separados por extensiones inabarcables de aquel líquido salado, llovía, se hacía la noche y aparecía la Luna, unas veces redonda, entera, otras veces sólo un fragmento, las personas reían, lloraban, sentían, amaban, odiaban,... Debió de ser el impacto del rayo, la energía desatada, pero mi desarrollo no cumplió todas las etapas. Cuando en mi pelo apareció la primera cana, el proceso de envejecimiento se detuvo y mi aspecto físico fue  durante muchísimo tiempo el de una persona entrando en la primera fase de la madurez. Esto me ha permitido tener una visión global, creo que imparcial, del devenir de la humanidad. Después de aquel primer periodo de sometimiento al poder del sol, las personas fueron libres durante mucho tiempo, por generaciones, tal es así que se llegó a olvidar como fue aquel mundo primigenio. Pero con el tiempo la naturaleza humana derivó hacía la necesidad de someter al hombre por el propio hombre, no se necesitó en esos momentos de agentes externos al propio ser humano. Cualquiera que fuera la raza, credo o convicción personal, todas llevaban un “plus” de sometimiento. Al principio muy burdo y directo que fue derivando hacía maneras sutiles de posesión de la verdad y alienación general. Llegó un momento en que todas las personas del mundo estaban conectadas en tiempo real, se le llamó mundo globalizado y Era de la “red”, cualquier cosa que pasaba en el mundo inmediatamente recorría el orbe a través de “Internet”. Sin embargo no sirvió para acabar con las desigualdades, con las guerras o con el hambre en el mundo, a pesar de poseer la tecnología adecuada para resolver esos graves problemas que acuciaban a gran parte de la humanidad. Era una sociedad egoísta, ocupada en el consumo y preocupada por mantener la “imagen”. No obstante, se producían de vez en cuando revueltas sociales que eran inmediatamente sofocadas. A esta etapa le siguió otra en la que el objeto de veneración fue la Biotecnología. Preocupados por controlar las emociones en las personas, se eliminó de generación en generación, a través de la ingeniería genética, toda posibilidad de desencadenar en el ser humano respuestas emotivas. Lo cual significó una vuelta al estado primigenio, donde los humanos no mostraban sentimientos pues habían cercenado tal posibilidad. Sobreviví a todos estos cambios, quizás protegido por algo superior. Puesto que se conquistaron otros planetas, iba cambiando de residencia cuando las cosas se ponían feas para mi. Tampoco había que preocuparse en exceso porque nunca pasaba nada, estaba todo bien controlado. Fue allá por el 2.958 cuando sucedió una cosa totalmente inesperada para mí, recibí un mensaje intergaláctico a través de una empresa de mensajería holográfica. Me convidaban a presentarme al día siguiente en su sede local para recoger un microchip. Así hice, cuando llegué a casa muy intrigado lo conecté a mi cerebro para recibir el mensaje. Era breve y escueto: QUIERO VERTE. Y unas coordenadas. Una oleada de sensaciones y recuerdos acudió a mi mente, mi corazón comenzó a palpitar de tal manera que llegué a temer que estallara, desconecté el microchip y me tumbé en la cama, necesitaba unos minutos para pensar. Los recuerdos seguían llegando a mi mente pero más pausados, notaba que la nostalgia por aquel mundo perdido se iba apoderando de mi ser y sucedió que las lágrimas se formaron en mis ojos, comenzaron a resbalar por mi rostro y cayeron en el suelo, breves impactos que desataron de nuevo la furia en el universo cósmico. Una vez más las señales de alarma se conectaron y un inmenso crujido se escuchó. No lo pensé dos veces recogí lo poco que tenía y monté en mi vehículo espacial rumbo a ...
                                                                                    EPÍLOGO
   Por supuesto que mi padre fue a reunirse con ella. Cuando se encontraron en las coordenadas indicadas no tuvieron que decir nada, a pesar del tiempo transcurrido, para ellos sólo fue un breve paréntesis en sus vidas ahora que de nuevo estaban juntos. Tesla, mi madre, permaneció en la selva el tiempo que pudo, para luego iniciar, como mi padre, un largo periplo que le llevó de planeta en planeta. Tampoco había envejecido, se mantenía en una incipiente madurez. No había conocido a ningún hombre, tampoco mi padre a mujer alguna. Se sentían diferentes. Se unieron y nací yo, la segunda generación de humanos en el sentido más amplio de la palabra. Tengo dos hermanos más. Después del último parto la naturaleza decidió que el proceso de envejecimiento celular podía restablecerse tanto en mi madre como en mi padre. De alguna manera fue un alivio para ambos, ya estaban un poco cansados de vivir. Aún así estuvieron juntos 50 años, y también murieron juntos. Mis hermanos y yo llevamos los cuerpos a un claro de la única selva virgen del universo y allí los depositamos sobre el suelo, cubiertos de pétalos para unirse a la Tierra y perpetuar el ciclo de la Vida.  En cuanto a nosotros, la descendencia, no estamos solos. En el proceso de eliminación genética de las respuestas emotivas hubo “errores” y nuestra tarea es encontrarlos... ¿Eres capaz de sentir emociones? 

   pUESTO QUE NO SE LEE CORRECTAMENTE EL RELATO, SE PUEDE SOLICITAR AL CORREO:

                versosdeabril@gmail.com

viernes, 17 de febrero de 2012

Y LOS SUEÑOS...


CAPÍTULO XIV.- DE VIOLETAS Y  AMAPOLAS



Velando tus hojas frescas,
iguales todo el año,
obsequio de la Naturaleza,
lánguidas por acaloradas,
endulzadas por el rocío,
tenidas por hermosas,
asombradas e indefensas.


Marea roja 
mecida por el viento,
doncellas de sílfido talle,
vestidas de sangre y fuego.
Efímera belleza.
 





…El Dr. Gómez se acercó a la mujer mientras la enfermera se disponía a llamar a los celadores para que la acompañasen a su habitación, El Dr. cambió de opinión e indicó a su ayudante que esperase un poco, se arrodilló junto a Nora y alargando su mano comenzó a acariciar la cabeza de la mujer mientras con una voz muy relajada y dulce le decía: -“Tranquila Nora, ya ha pasado todo, ya ha pasado todo…”- así estuvo durante unos minutos hasta que finalmente le animó a incorporarse, ofreciéndole una silla donde sentarse. Nora había vuelto a su mutismo y distanciamiento característico, el Dr. se sentó en su sillón, al otro lado de la mesa, le preguntó: - “Nora, ¿qué le sugiere esta habitación?”- pero la joven no contestaba. El hombre pensó que quizás ya había conseguido de su paciente más de lo que imaginaba y quizás por hoy ya tenía bastante cuando la mujer de nuevo habló.
“Esta noche he soñado con él. Estábamos juntos, paseando…me dijo que se iba a París, prefería ir sólo…tenía que pensar…en nosotros…Se despidió de mí y quedé sola en el campo. Miré alrededor mío, estaba desolada, de repente se me ocurre que el estar en París es sólo cuestión de escala. Si yo creciera hasta hacerme gigante y la Tierra encogiera… sin mucho esfuerzo estaría en la ciudad de los sueños… con él…¡París, París!, ¡Mon amour!...Sí, detrás de esas montañas se encuentra la capital francesa, al Norte, siempre hacía el Norte,…Entonces empiezo a crecer, más y más, soy tan alta como las montañas… ahora es la Tierra la que empequeñece, las montañas me llegan a la altura de las rodillas, ahora soy capaz de atravesar esa cordillera,…, la campiña,…, y ¡ya estoy en París!.
He recuperado mi tamaño natural, me encuentro en el interior de un apartamento céntrico, por sus amplios ventanales que dan a varias calles, observo la ciudad, está atardeciendo, los colores rosados predominan en el cielo, a lo lejos diviso la Torre Effiell, el Arco del Triunfo, el Panteón de los Hombres Ilustres, Notre Dame, la Bastilla,…pero lo que más me sorprende es un grandioso jardín en cuyo centro hay plantadas miles de flores, blancas y moradas, creo distinguir que son azucenas y violetas. No puedo apartar la vista de esas plantas, fijándome con más atención, aparece en el centro una composición, son dos cuerpos entrelazados, un hombre y una mujer, sin previo aviso se despliegan en diversos puntos del jardín unas zonas rojas, ¡son amapolas!, sin duda le confiere al conjunto un toque de pasión. Después de largo rato de contemplación y cuando definitivamente cae la noche sobre la ciudad, decido ir a dar un paseo y recorrer sus calles, los barrios donde tantos artistas han pasado noches enteras de tertulias y juergas, ¡ya me gustaría estar en la piel de alguno de ellos, aunque fuera sólo por una noche!, lo difícil sería escoger por quién me suplantaría, quizás Dylan Thomas, o … en fin, será mejor que baje a tierra. Una vez en la calle, todas sus callejuelas me seducen, la bohemia a esas horas empieza a asomar, las cafeterías se encuentran a rebosar, elijo una al azar, es vieja, toda ella de madera, las paredes repletas de fotografías antiguas, el olor a café, el mejor café del mundo… Tomo asiento en la mesa más apartada, no quiero que nadie repare en mi persona, me sumerjo en la silla y mientras saboreo el café observo los demás clientes, parejas en su mayoría, hablando, mirándose, riendo. Una de ellas se besa, un beso largo y profundo, no puedo dejar de mirarles. Poco a poco la cafetería se vacía, es la hora de cenar y debe pasar un rato hasta que vuelva a llenarse con los clientes de la madrugada. La pareja que se besaba también se ha ido, yo decido marcharme, no quiero estar sola en el local.

Fuera comienza a refrescar, no llevo ropa de abrigo así que decido regresar a mi apartamento. Hacía allí encamino mis pasos cuando al pasar por un callejón oscuro vislumbro entre sombras un contenedor de basura, no sé por qué pero me acerco a él, sobre la tapa hay un perro de peluche, lo tomo en mis manos, “Hoy no pasarás la noche solo, te vienes conmigo”. Continuo mi camino, no puedo dejar de acariciarlo, “Te llamaré Perriot”. Ando un poco despistada y me cuesta encontrar la calle donde está mi apartamento. Después de dar unas vueltas por el barrio recuerdo el nombre de la calle, así es más fácil, por fin me encuentro en el portal, cuando voy a meter la llave en la cerradura veo una sombra en el suelo. Me agacho, es una gata, también de peluche, ¡qué bien!, ¡si que voy a dormir acompañada!, ¡Te llamaré Berlioz!. Una vez arriba lo primero que hago es poner a llenar la bañera con agua bien caliente y sales de baño, ¡Os voy a poner guapos!, ¡Perriot, Berlioz, es la hora del baño!. Los froto amorosamente, incluso tarareo una canción infantil que a duras penas recuerdo. ¡Bien, ya estáis limpios!, ¡ahora un poco de ruido!, pongo en marcha el secador, primero le toca el turno a Berlioz, es una gatita sumisa y acepta su destino, después Perriot, parece que no le gusta y quiere escapar, le sujeto con firmeza. Cuando termino con ellos los deposito encima de la cama y preparo mi baño.

El agua caliente y las sales de baño obran en mi persona un efecto tan relajante que debo hacer verdaderos esfuerzos para no quedarme dormida en la bañera. Después de secarme salgo a la habitación enfundada en el albornoz y con una toalla recogiéndome el pelo en la cabeza. Me siento en un pequeño sillón enfrentada al espejo de la cómoda, durante largo rato miro mi reflejo como queriendo descifrar algo que desconozco pero que está dentro de mí, quizás no me conozco lo suficiente, es más, creo que esa persona no soy yo, es una extraña. Detrás de mí se ve la cama, amplía y con sábanas blancas de seda, tengo ganas de descansar, cuando voy a levantarme observo que hay unas figuras acostadas, entrelazadas en mi lecho. Me acerco todo lo que puedo al espejo, ¡es una alucinación, sin duda!, no tengo palabras, es la pareja que se besaba con tanta pasión en la cafetería, ¡qué desfachatez!, me habrán seguido y se han colado en la habitación mientras tomaba el baño, ¡se van a enterar, llamaré a la policía!. Cuando me giro resuelta a echarlos de allí, en la cama no hay nadie, se han evaporado, ni siquiera han dejado huellas de su presencia en las sábanas, ¡ha sido todo una ilusión!..., sin embargo estaban ahí. Berlioz acude a mí y se restrega entre mis piernas, mientras, Perriot, tumbado en el sofá emite un leve gruñido, al tiempo que mantiene la oreja derecha levantada, ¡todo va bien!, pienso. Me vuelvo hacía la cama y de nuevo veo las figuras de los dos jóvenes amantes, ahora yacen boca arriba, cogidas las manos y las cabezas ladeadas hacía el interior de la cama, rozándose. La luz blanquecina de la luna creciente se cuela por la ventana abierta haciendo que se difuminen sus contornos hasta desaparecer, ¡qué raro es todo esto!, recuerdo que pienso. De repente Perriot gruñe en un tono ciertamente amenazador, se le erizan los pelos del lomo, levanta la cabeza mientras mantiene erguidas alternativamente las dos orejas. La buena de Berlioz de nuevo se ha acercado a mis piernas, no se separa de mí mientras maúlla quedamente, como previniéndome de algo, ¿pero de qué?. Permanezco en alerta, demasiadas emociones para sólo unas horas de estancia en París. Algo se mueve en el fondo de la habitación, es una zona que permanece en penumbra, aún así se acerca una sombra que poco a poco va tomando forma humana, ¡no puedo creer lo que ven mis ojos!, ¡es él, Nicola!, Nico, como me gustaba llamarle, Tiene la mirada perdida, parece no reconocerme…pronuncio su nombre, “¿Nico?, ¿eres tú, verdad?, ¿qué haces aquí?, ¡te echo tanto de menos!”. Me aproximo a él, parece inseguro, alargo mi mano para asir la suya, pero no logro alcanzarla, mi mano la traspasa, se me escapa entre los dedos, y yo…no soy capaz de retenerlo. Todo a mi alrededor se disipa como un azucarillo en agua, vuelvo a la realidad de mi habitación, en este maldito centro, lloro y lloro sin consuelo posible hasta quedar de nuevo dormida… pero ahora no sueño.”


Extracto de la obra “Y los sueños…” de Josephine MacNamara (1887-1945)

martes, 20 de septiembre de 2011

ENTRE LA ARMONÍA Y EL CAOS



PRELUDIO











"Por Dios...¡Maldita sea!...es que no puedo encontrar en esta maldita mesa una pluma que me pueda servir para realizar el único acto por el que vivo. La Inspiración...esa Musa que roza el entendimiento, que debes atrapar en el mismo instante, pues de lo contrario, las palabras que te susurra al oído se disipan como ondas que se agitan en un estanque, como la penumbra que desaparece cuando alumbra las luces de un nuevo día..."

- "Traed una pluma si es que no queréis arder en las llamas del infierno"...¡Ah!, otro contratiempo...¡Pero antes llevarme en brazos...necesito aliviar mi cuerpo!".



Ahora sí estoy dispuesto a trenzar las palabras que constituyen la última teoría de mis días...









"Entre la armonía y el caos"











"Todo cuerpo constituido por materia e insuflado por el hálito energético de una fuerza vital, sea animado o inanimado, tiende ineludiblemente a la armonía. Estado en el que permanece hasta que de su interior emana el caos. Fenómeno energético que tiende a alterar el orden establecido de la materia."



"Puesto que el caos emana de dentro afuera, debemos esperar que cuando esa energía se disipe, en el cuerpo expuesto a tal condición vuelva a reinar la calma interior que precede a la armonía".








"Que debe haber una fuerza interna que tiende al caos y una fuerza externa que devuelve la armonía".



"Que este mundo se debate entre la armonía y el caos y que esas dos fuerzas son opuestas y complementarías".








"Que esas dos fuerzas son responsables del equilibrio del universo".



Así pues...








y en estas últimas horas de mi vida,






si beso tus labios

en un postrero acto de amor,

si dejo de nuevo que el deseo

recorra mis venas

envenenando mi cuerpo

hasta la célula más distante,

si bebo un último sorbo de vino

lanzando la copa que lo contiene

por encima de mi hombro

esperando que se estrelle contra el suelo

convertida en mil añicos de cristal...


si espero que surja el CAOS.



También puedo aspirar,

antes de que exhale

un último suspiro,

a que se imponga la ARMONÍA

y la copa lanzada se recomponga,

viniendo de nuevo a mi mano,

pudiendo beber de ella,

experimentado el placer

de amar y besarte

por última vez.



Extracto de la obra póstuma de Sckleeton (S. XIX)


Entre los papeles manuscritos de este autor, escritor, poeta y filósofo, se encontró una carta que dirige a su amante, Lady Swann, en la que recuerda como se conocieron y el inicio de una relación que perduró en el tiempo, que transciende las leyes terrenales conocidas. Sckleeton relata en su carta que una mañana de primavera, y como era su costumbre, entró en una de las múltiples tabernas del East Side. Tomó su copa en un ritual no exento de cierta apatía, y cuando salía para en caminar sus pasos al puente de Histbrook, girando una esquina, se topó de frente con una bella señorita que sin duda había perdido el rumbo, no pertenecía a la clase social que puede eperarse en esa barriada de gente humilde.







La abordé pues me pareció la criatura más desamparada que había visto en la vida. -"Lo siento"- me dijo- "ha sido culpa mía". "No se disculpe, por favor, no ha sido nada"- le contesté. Nos miramos y no pude resistir la tentación de continuar hablándole-"No es de por aquí... ¿me equivoco?".-"Oh, no. Llevo en la ciudad tan sólo dos semanas, salí a pasear y creo que me he perdido". -"Dígame dónde vive y con sumo placer le acompañaré, no es bueno permanecer por estos barrios mucho tiempo",- a lo que replicó -"¿Y por qué lo hace Usted?, quiero decir, ¿Qué hace Usted aquí?, se nota que tiene educación y cierta distinción."- "Soy escritor y necesito pasear, moverme por distintos ambientes... sólo eso". - "De acuerdo, puede acompañarme,¿Señor...?- "...Sckleeton, pero puede llamarme Henry, es más corto, ¿Señorita...?- "Lady Swann.










La carta revela que a partir de ese encuentro fortuito, volvieron a verse en distintas ocasiones, quizás los pasos de Sckleeton frecuentaron más de lo debido el barrio donde residía la joven en cuestión, quizás fué el azar el que les hizo coincidir. Lo cierto es que era frecuente verlos pasear por la ribera del río Sean, sentados en un banco del Parque de las Flores o en cualquier cafetería céntrica de la ciudad tomando té o un licor. La conversación debía ser amena a juzgar por las sonrisas que iluminaban las caras de ambos.










En cierta ocasión, la señorita Swann invitó al señor Sckleeton a tomar el te de las cinco en su casa, era la primera vez que se veían en privado. Después de unos breves comentarios sobre el gusto que había tenido la joven en la decoración, tomaron asiento en una salita donde la mesa quedaba cercana a un balcón por donde se colaban a hurtadillas los últimos rayos del sol de una tarde otoñal.










Como de costumbre conversaron sobre distintos e interesantes temas relacionados con la política, religión, la existencia del ser humano, el arte, la cultura,... pero tampoco quedaban excluidos los pertinentes "cotilleos" no exentos de ironía y cierta "mala leche". En un momento dado Lady Swann dijo: -"Lo siento Señor Sckleeton pero tengo que hacerle esta pregunta, ¿Cómo me considera, amiga o simplemente conocida?. Los papeles encontrados aportan indicios de una cierta convulsión en el interior del escritor, desde luego que no se esperaba esa clase de pregunta, que se reflejó, sin duda en sus facciones. "Oh, le pido que no se incomode, Señor Sckleeton, es solo una pregunta", -"...pero no comprendo, lo siento, no sé que responder... creo que debo marchar, está oscureciendo y no es decoroso que permanezca en la casa de un joven..."., "Piense en lo que le he dicho, Señor Sckleeton, nos veremos mañana, como de costumbre", "Adios señorita Swann".










Pero ese encuentro no se produjo, Lady Swann paseó su soledad por la ribera del río Sean, por el Parque de la Flores, en las cafeterías céntricas de la ciudad, por los atardeces otoñales sentada en esa silla de su salita cercana al balcón.










Una tarde, en la primavera siguiente, recibió una nota. En el menbrete figuraba "Señor Sckleeton". la abrió. La respuesta a la pregunta era escueta









"Ni lo uno ni lo otro. Eres alguien especial".












Los encuentros se reanudaron y se conviertiron en amantes ajenos a los convencionalismos sociales de la época. Eran, ante todo independientes y en ningún momento, hasta la muerte, cedieron en su empeyo de LIBERTAD.